domingo, 18 de junio de 2017

Si al menos hubiera viento para salvarnos.

Sabía que si no sentía pronto el ulular del viento moriría. A sus cuarenta y cuatro años, el mar le había dejado aprender lo suficiente para saber que virar por avante a la vista del enemigo era poco menos que un suicidio. Cosme Damián Churruca cerró el catalejo tras ver la orden del Almirante gabacho y deseó tenerlo enfrente para estrangularlo con sus propias manos.

Un par de días antes un aire escuálido, demasiado en calma, preludio seguro de temporal, había imposibilitado la navegación y tirado por tierra cualquier plan para interceptar la flota de Nelson. Esa flota que ahora se les echaba encima como dos flechas de fuego en las costas de Trafalgar.

En un ímpetu de osadía motivado por el orgullo herido nos ha condenado a todos, pensó el capitán Churruca. Era conocido por todos que el Almirante Villaneuve, tras varias incompetencias, todo hay que decirlo, sería reemplazado en breve por orden directa del mismísmo Napoleón, por lo que en un último intento para demostrar su valía decidió hacerse a la mar para interceptar a la flota Británica.

Una estupidez, pensaba Churruca. Ni había viento, ni munición, ni cojones ni preparación. Valor y brío sobraba a la tropa española, por supuesto, pero carecían de experiencia. La mayoría de los embarcados como tripulación eran corderitos de leva y campo que servirían de cena a la ordenada y experimentada Flota de Nelson, hambrientos lobos de mar de colmillos retorcidos. Ese bastardo del Capitán Gravina tenía que habérselo dicho: Mire, gabacho, incompente de merde, la decisión de entrar en batalla con estas condiciones es una memez. Pero estaba demasiado ocupado siguiendo las órdenes de Godoy, que consistían en mantener contento y chuparle las botas sin rechistar a cualquiera que no supiera colocar la lengua y pronunciar una erre en condiciones.

Churruca sacudió la cabeza para disolver los pensamientos y juramentos que le enervaban y escupió sobre la cubierta. La línea de barcos que hacía unas horas había formado el combinado hispano-francés para plantar batalla se había convertido tras la orden del Almirante en un amasijo de madera; un pelotón de barcos pesados y lentos que reventaría fácilmente con las sacudidas de los ingleses. La última estupidez de Villaneuve que les acabaría por condenar: virar para huir.

Si al menos hubiera viento para salvarnos, pensó Churruca mientras contemplanba sus estáticas velas ávidas de aire.

—¿Qué hacemos, Capitán? —le interrumpió su segundo. Y en ese momento sintió el aliento de la muerte. Se le erizaron todos los vellos de la nuca y notó de pronto el peso de las miradas y las vidas de todos los que componían el navío San Juan Nepomuceno.

Cosme Damián Churruca apretó los dientes y se llevó la mano a la empuñadura de su sable.

—Luchar.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Mirada de colores




Mi niña siempre tuvo la mirada de colores. En eso debía salir a su padre, quien, en cierta manera, se afanaba a conciencia, día sí y día también, en colorearme de tonos verdes y morados. Pero mi niña era especial. Un arcoíris perpetuo era la alfombra bajo la que daba sus primeros pasos. Una intensa llama verde junto a la que cobijarse en las noches más frías y desesperanzadas. Un bálsamo azul para calmar el dolor más punzante. Una chispa roja que animaba al más cobarde a seguir luchando. Y aunque me crujió hasta el alma cuando me separé de ella, me tranquilizó el hecho de que mantuviera esa ingenua felicidad con la que le maravillaba la vida mientras paseaba su infancia junto a sus nuevos padres.

Mi niña siempre tuvo la mirada de colores. Por eso me asusté tanto cuando siendo ya una mujer de pronto se le apagaron todos los soles del universo y reconocí mis propios ojos reflejados en los suyos. Los recuerdo perfectamente. Una mirada triste, ausente, gris, que me asaltaba a traición en el espejo cuando me descuidaba y me atrevía a elevarla por un instante para contemplar mis arrugas, mis años y mi dignidad atenazarme el corazón. Me reconocí cuando de repente el amor se le revolvió un día cualquiera y después de las faltas de respeto, los insultos, las órdenes y los celos, le dejó sus primeras y contundentes marcas. Y después otra, y otra, y otra. Dios. No podía soportarlo. Mi niña…

Pero, gracias al cielo, mi niña fue fuerte. Valiente. Recordó todo el imperio que vale una mujer y luchó. Le costó lágrimas y sangre. Y tiempo. Pero lo superó. Ojalá yo hubiera sido como ella. Pero eran otros tiempos. Ahora, aunque sigue sin ser suficiente, hay compromiso en la sociedad. Ojalá hubiera existido voz para las que no teníamos entonces, ojalá un 016 y ojalá mis vecinos no hubieran callado y agachado las cabezas cuando en casa se levantaban la voz y las manos.

No sabe, y posiblemente nunca sabrá, lo que me alegré cuando se decidió a buscar a su verdadera madre cuando recuperó por fin aquella mirada de luz y color. De vida. A buscarme. A presentarme de una vez a mi nieta. Cuántas ganas tenía. Ojalá hubiera tenido en mis tiempos, como ella, valor y un pequeño paracaídas para saltar en la caída libre de la vida y plantar cara a los abismos más crueles. Ojalá. Porque ahora no estaría viendo como mi niña, Esperanza, la de los ojos de colores y sonrisa cálida, ensombrece la mirada, al dejarme las flores, como cada domingo, sobre el veteado mármol de mi fría y pálida lápida.



#historiasdesuperación    Zenda

Paco de Paula Sánchez Sampalo 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Deberes Malditos



—Si queréis aprobar el examen, debéis elaborar para mañana un relato de entre cien caracteres y mil palabras, con letra Times new roman y tamaño doce. Pero os advierto, no traerme un relato cualquiera, tiene que hacerme temblar, darme verdadero terror —les dijo el profesor a sus jóvenes alumnos de cuarto de primaria sin saber que estaba cometiendo el peor error de su vida.


Lucía se pasó el resto de la tarde frente a la inmaculada hoja maldiciendo a las musas que se negaban a susurrarle al oído; tejiendo mentalmente torpes ideas y enlazando vagos argumentos, que no lograrían dar jamás siquiera un mísero sustito.


Vencida y resignada, se marchó a jugar al desván. Su madre nunca le dejaba que subiera sola. Siempre temía que pudiera hacerse una fea herida con algún objeto herrumbroso o que se le cayera encima algún desvencijado y vetusto armario arrumbado en un obscuro rincón. Pero estaba tan ocupada preparando la cena que seguro no se enteraría, pensaba.


Una vez arriba, Lucía rebuscó entre los amontonados trastos polvorientos hasta que de pronto su mano se topó con algo que le resultó inmediatamente familiar. Algo que provocó que su corazón se le encogiera al instante, y su trémula garganta le acuchillara sin compasión. «Mamá lo habrá traído junto a todas sus cosas. Cuánto la echo de menos», se lamentó la pequeña para sí misma. Se trataba de una especie de teléfono antiguo, muy antiguo, con el que solía jugar cuando era pequeña junto a su abuela mientras estaban a solas en  su casa; una tabla, cifras y letras.


Recordó las noches de cacao caliente junto a su abuelita y cuánto les encantaba jugar con ese chisme; la emoción de no saber nunca quién podía responder al otro lado. Marcó inocentemente con un vaso y esperó a recibir alguna señal. De repente, sintió un escalofrío y un olor nauseabundo. Y alguien contestó sin voz. Entonces tuvo una idea: le pediría ayuda para el relato de terror. Ese alguien aceptó, y luego dictó letra a letra.


Al día siguiente, a la hora de leer los textos, fue el último que escuchó su profesor antes de calificar, sentenciar y desplomarse para siempre:

—El mejor relato de la clase.





#HistoriasDeMiedo     Zenda

 Paco S. Sampalo

martes, 1 de noviembre de 2016

Cometí dos errores.


Cometí dos errores.

No debería de haber permitido que se alojaran aquí esta noche. Mi padre, que en paz descanse, siempre decía que todo lo que ocurriera después de las dos de la mañana no podría traer nada bueno. Desde luego.
¿Pero qué otra opción tenía?
¿Cómo le decía a mi jefe que me había negado a darles cobijo, por una simple corazonada, a los dos únicos clientes que habían logrado traspasar, sin arrepentirse, el umbral de la puerta desde hacía dos días ?
Parece que le estoy escuchando ahora mismo, sintiendo como me ametralla la oreja con repugnantes perdigones, rabioso: «¿Chico, pero qué coño te has creído? ¿Acaso tus malditas corazonadas pagarán las facturas en las noches desiertas de clientela?».

En fin. El caso es que la madrugada castigaba con su gélido aliento a ese padre y a su adormilada pequeña y no había siquiera un mísero motel como este en, al menos, unos ciento cincuenta kilómetros hasta llegar a Santa Eulalia, el turístico pueblo de los milagros, destino de peregrinaje y el más cercano desde donde nos encontramos. Por lo que condenarlos a seguir circulando por entre las entrañas de una tormenta que comenzaba a desatarse con furia desmedida me parecía una temeridad, cuasi un homicidio. Tenía otra posibilidad, sin embargo, enviarlos a uno de los muchos sucios burdeles salpicados por toda la carretera, por un puñetero pálpito, no me parecía apropiado. Quizá fuera más adecuado para alguna subespecie de camionero barrigón y cervecero, ávido de putas envueltas en perfumes baratos, dulzones y pegajosos, pero no para una cría de ocho o nueve años. 

El primer gran error fue compadecerme de ellos. Sentí que debía lanzarles el último cable de auxilio para que salieran indemnes de esa peligrosa corriente de tinieblas que los arrastraba demasiado lejos de los incipientes y seguros colores del alba
«Pero, ¿qué hace un padre a estas horas con esta criaturita en una remota carretera secundaria?», recuerdo que pensé cuando el tipo hizo sonar el timbre de recepción y quebró mi sueño. Pero el angelical rostro de la niña me hizo olvidar las siniestras y afiladas facciones de su, aparente, inquieto progenitor.

Intento no darle importancia; «Seguro que no es nada, pura entelequia de mi somnolienta imaginación», me repito a mí mismo con la escasa convicción de un predicador carente de fe. 
Hablando de eso… ¿acaso lo que llevaba ese tipo en la camisa era un alzacuello?

De repente un escalofriante alarido infantil seguido de un tremendo golpe, procedente de la habitación de esa pequeña familia, hace que me sobresalte y que automáticamente se me encoja el corazón. 

Después, silencio; tan exquisito y fantasmal que me hunde en el lodazal del miedo más absoluto... 

¿Qué ha sido eso? 
Me estremezco tan solo de imaginar la respuesta. Tanto que, aunque lo intento, siento que ni todo el rancio y espeso oxígeno que se acumula a mi alrededor puede llenar mis pulmones. 
No dejo de darle vueltas y comienzo a tejer conjeturas que se forman sin remedio y a toda velocidad en el rincón más oscuro de mi alma; ¿Y si en realidad no son padre e hija? ¿Y si ese pervertido pastor, cerdo sin escrúpulos, la ha raptado para hacerle Dios sabe qué maldad? 

En mitad de un ataque de ansiedad llamo inmediatamente a la policía, pero en un ominoso cálculo mental resuelvo que tardarán al menos cincuenta minutos en llegar desde Santa Eulalia. Tiempo suficiente para que cualquier tragedia suceda y colme las portadas nacionales al día siguiente resaltando en grandes letras capitales la impasibilidad del joven recepcionista. No puedo dejar a esa pequeña a merced de ese demonio. Cuelgo y me obligo a tranquilizarme. Luego agarro un bate de béisbol que escondo en recepción para posibles emergencias que requieran de fuerza bruta y, con decisión, enfilo el pasillo hasta la puerta del fondo. Introduzco la llave maestra y abro, sin más contemplaciones, para toparme con el segundo, y último, error de mi vida. 

Y frente a mí, sobre un cuerpo inerte de rostro desencajado, aparece la niña mirándome ilesa con ojos extraños; sosteniendo una inocente sonrisa entre sus labios y un sangriento crucifijo entre sus manos. 



#HistoriasDeMiedo Zenda 

Paco S. Sampalo.

jueves, 19 de julio de 2012

Talent.

Me pides cada noche, a susurros mi vida, que escriba, que llene mis mil lunas de poesía, que de nuevo te rime universos de versos y besos a oscuras. Cada día. Cada renglón tu locura. Que reinvente la vida a golpe de literatura. Que juegue a destapar galaxias de palabras entre tus sabanas. Y me enrede en ellas. Que no pierda mi talento en lirica de hacer pura y puta una misma silaba...

Pero yo no soy poeta, y en vez de talento solo tengo sangre corriendo por mis venas. Ysolo es tu cuerpo, mi lengua, y mi idioma. Tu presente mi historia y tus labios mi cura. No necesito demasiados versos ni palabras para rimar nuestras aventuras.
Porque el compartir contigo cada dia,
hace que la vida sea
pura y puta literatura.
Y punto.

sábado, 28 de enero de 2012

Verde.

Para que quiero versos si tus besos me saben a miel con poesía. Para que quiero poesía si Eres tú quien me rima tu vida con la mia. Eres tú mi literatura, la prosa, princesa musa de este cuento. Soy tu lector eterno y cuando esboza tu sonrisa; Eres tú quien me inspira y llena de estrofas y lirica mis dias. Para que voy a dibujar mundos enlazando palabras, si tu regalas universos verdes con tu mirada. Porque como te dije una vez, Cuando la poesia se hace carne y puede tocarse, no se necesitan letras que la acompañen.

Y mi poema eres tú...

viernes, 2 de septiembre de 2011

miau.

Puedes robarme el alma, quedarte mis suspiros, reinventar la locura, bailarme al oído. Amarrarme a tu cintura. Morder mi destino y la manzana de un falso paraíso. (Mi cielo está en el suelo. Contigo.) Amarme a oscuras. Sin miedos. Cabalgando sueños. Derramar tu cuerpo sobre mi cuerpo. Y derretirnos en pleno invierno. Tienes permiso para arañar y desgarrar mi espalda. Y mis sabanas con tus ganas. Y cada madrugada. Cada mañana reírte de mis celos, dejar morir los complejos. Jugar a la vida, madurarnos cada día y morirnos de viejos. A la vez, romper mis murallas, y tambalear mis cimientos. Por dentro. Eres mi nervio. Aunque nos falte los dineros. Mi norte y mi sur. Eres. Pecado en mi cielo. Y agua que apaga mis infiernos. La vida en 3D. La sonrisa de la suerte. De ojos verdes, puedes gatear la mirada y maullarme cada noche eternamente que me amas. Y ser mi gata…

Quiero que seas La luna llena que llene mi noche. Que seas mi copa. La copa de mi trasnoche. Y el derroche de mis labios para manchar de besos el filo de tu boca. Eres aquello que nunca escribí. Mi verbo y mis versos hechos persona. Tu lengua mi idioma. Tu cuerpo mi historia. Eres las dos palabras que nunca salieron de mi boca, de mi cabeza. Las horas vacias de penas, y mi disfraz para paliar la vergüenza. Eres todo y más. Y después más y mejor.

La vida me ha enseñado que en el jamás, jamás debe de creerse… Pero a veces la vida te da Motivos (y días) para creer en un eterno "para siempre". Y tú eres el principal de ellos. Te quiero!

sábado, 7 de mayo de 2011

Outlaw.

Pudríamos transgredir la vida. Quebrantarnos a besos. Partirnos de risa. Mear en el cielo. Violar nuestros límites. Proscribirnos del miedo. Robarnos el sueño. Asaltar las noches de Madrid o Londres. Enredarnos por el camino. Descruzarnos las piernas y el destino. Equivocarnos los rumbos. Desmarcarnos del mundo. Desterrar las musas de mi almohada. Cenarnos en la cama. Vivirnos al margen, al filo de tus uñas de navaja, con las que arañes decretos, y marques de surcos mi espalda. Podría incumplir, vulnerar, infringir, acercarte a errores de maravilla, y alejarte las leyes de caminar juntos de la mano con alianzas desprometidas. Acogernos de por siempre, de nuestra constitución al artículo trece. Pero eternamente puedes largarte, eludirte, evadirte, en estrellas fugarte o fugases, huir de este sujeto. Políticamente incorrecto, un crápula. Visceral y trasnochador. Aprendiz. Y un falso bardo.

No me llames poeta.

Porque yo no escribo versos, ni tan siquiera junto rimas, que las palabras que yo sangro, son solo pura y puta vida.